Una sutil hoja bailaba
al trasluz del bermejo poniente,
una mariposa blanca
se mecía abrazada al aire
y una lagartija tumbada,
esperaba calentarse
con los rayos postreros y suaves.
También el sueño venía
como si una nana tuviera
entrada por la retina.
¡Cuánto reposo encontraba
conversando con la tarde!
A esa hora serena
acaba el misterio del día.
Debajo del algarrobo
oyente, mudo y atento:
miré mi alma cautiva
y en este abierto encierro
doy gracias a la vida…
Jierro
