La sala de música se llenó de bailarines, se encendieron las luces de fiesta y el gramófono hizo el milagro sin límites.
Con la misma simplicidad que salían las notas, los cuerpos se ponían en movimiento, se hablaba el mismo lenguaje, se despertaban los miembros.
Eran cómplices en las miradas y el aire se llenaba de misterio.
Todo giraba alrededor de los valses, los tangos y los boleros, hasta que de nuevo se apagó la música…
Y en sus almas, prendió aquella alegría inusitada que en sus ojos encendieron…
Jierro
