Sobre la segunda parte de la novela

El contraste de DON QUIJOTE y su fiel escudero SANCHO PANZA, se invierte en la segunda parte de la novela.

La actitud de quien había devastado molinos creyendo que eran monstruos y gigantes, ya no era la misma. Le había abandonado la fantasía.
Un hombre desengañado que llegó al final de sus días pidiéndole perdón a SANCHO, por haberse comportado como un loco haciéndole creer que hubo y seguía habiendo caballeros andantes en el mundo.

La figura del caballero ya no tiene el halo que tuvo en el pasado; muy al contrario, el ideal de caballero va acompañado del poderoso «don dinero»…

Sin embargo SANCHO, tampoco era el mismo, y ahora era él el que se había convertido en un idealista, y le pedía llorando a su amo, en su lecho de muerte: » ¡Ay! No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más.

Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea del Toboso…

¿Qué diría ese hombre, ese QUIJOTE, si supiera que hoy en día uno se muere de un tiro cobarde en la espalda?

Ese era, tal vez, DON QUIJOTE, el caballero andante, un hombre loco pero cabal, cuya genialidad estribaba, precisamente en la locura y que también expresó a la hora de amar, como se suponía que debían amar los caballeros andantes, siempre haciendo gala del más puro amor cortés y platónico con el que encumbró a Dulcinea del Toboso, Aldonza Lorenzo, a la categoría de dama.

Don Quijote, como todo caballero que se preciase, la llevaba en el corazón y le dedicaba todas sus victorias.

Cuatrocientos años después, la novela de CERVANTES sigue viva, más viva que nunca, la lucha a favor de un ideal, un sueño, un objetivo no exento de dificultades en la trascendencia y humanidad de DON QUIJOTE y SANCHO PANZA logran expresar aquello de lo que estamos hecho…

Jierro


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