Antiguamente, pueblos con tranquilos rincones abundaban en la costa mediterránea, pero desgraciadamente la inmensa mayoría son solo recuerdo porque el desarrollo turístico incontrolado, la codicia, los ha envilecido.
¿Quién no ha regresado a un pueblo después de muchos años de ausencia para descubrir que las casitas ayer encaladas y modestas se han convertido en chillonas y pretenciosas, con fachadas alicatadas hasta el techo con azulejos de colorines, que destaquen, y la noble puerta de madera de hoja entera o de cuarterones sustituida por otra de hierro con barras de tubo y contraventana de aluminio?
Los pueblos deben seguir siendo lo que eran no ciudades dormitorios, poner en valor la identidad de los pueblos con sus propias características, con su patrimonio natural y cultural. Con acciones comunes y normativas para proteger el lugar, reordenar el casco urbano, e intervenir en el paisaje para fortalecer la identidad, incorporando señales con un atractivo especial, cuidando al mismo tiempo del embellecimiento de las calles con la colaboración de los vecinos.
El turismo llega a donde otras actividades no llegan: es uno de los pilares fundamentales en la generación de empleo y la reactivación de las economías regionales…
En nuestros recuerdos infantiles siempre hay pueblos que identificamos con los cuentos que más nos gustaban: casitas de piedra con chimeneas humeantes, ventanas con primorosas cortinas de encaje, puertas de madera, calles empedradas y por supuesto un castillo en lo alto de un monte, una pintoresca plaza presidida por una iglesia…
Un pueblo con encanto donde se pueda pasear por sus calles, donde jueguen los niños sin peligro, se pueda charlar en las tabernas donde la existencia del hombre tenga un sentimiento de pertenencia y de reconocimiento en una serie de tradiciones, creencias, valores y actitudes…
Una forma de expresión propia y singularizada, que une a sus miembros, a la vez que los diferencia de otros colectivos, y hablo de mi pueblo… «ÁLORA».
Jierro
