Su quejío nos llegaba al alma,
ella cantaba un fado,
por las noches, en la taberna,
con el hombre del piano.
Narraba las saudades de este pueblo portugués
y la melancolía se reflejaba en su tez.
Sus manos hablaban solas,
sus pies pisaban lentos,
como al compás de las olas
en acompasados movimientos.
Era un aire parecido
en la Andalucía nuestra
en el árbol del flamenco
a una sentida copla…
Jierro
