El afán de María

El afán de María

Hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz, después de salir de la cueva, María no emprendió el camino hasta el pueblo, llevaba la caza que había recogido, después de haber repasado todas las trampas que puso el día anterior, y haberlas preparado de nuevo con carnaza, para poder visitarlas al día siguiente…

El trayecto hasta el pueblo era largo y penoso, pues tenía que atravesar el monte cortando trocha, para tardar menos tiempo, pero sorteando barrancos y pedregales cargada con el peso de la cacería… además de recoger la leña que encontraba, pues la cambiaría en la panadería por algún pan para alimentar a su numerosa prole…

María llegaba al pueblo cansada y escuálida, se sentaba en la fuente para beber y refrescarse de la caminata y también cambiaba sus alpargatas de campo, por otras más limpias para entrar en el pueblo, dejando las que tenían polvo, escondidas, para volver a cambiárselas al regresar…

En la carnicería le compraban lo que llevaba y además le regalaban pitracos para reponer las trampas… En una talega guardaba el pan y en una cesta, que ella misma fabricaba, los productos básicos para guisar un potaje de garbanzos u otras legumbres, según hasta donde alcanzara su ganancia de aquel día…

Se apresuraba a terminar la visita al mercado para regresar enseguida a su casita de la sierra, adonde la esperaban once hijos, casi todos pequeños, pues cada año nacía uno, entonces no había medios para no quedarse embarazada…

Su marido, pastoreaba cabras en la montaña y, muchas veces, dormía con ellas, pues tenía que ahuyentar a los zorros y otras alimañas que atacaban de noche, sobre todo cuando estaban las cabras recién paridas…

Casi al anochecer, extenuada y cargada con las viandas que traía del pueblo, llegaba María a su casa a preparar pan y leche caliente, asear a sus hijos y acostarlos en jergones en el suelo, pero bien abrigados con las pieles de los animales, que en el verano lavaba y secaba al sol para quitarle los olores…

Luego, se sentaba a la luz de un candil a repasar y remendar la ropa, hasta que se quedaba dormida con la aguja en la mano…

A pesar de todo, María cantaba y reía al ver a sus hijos, sanos bañarse en el arroyo donde ella lavaba la ropa y la secaba al sol en la yerba…

Jierro


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